¿Por qué la mayoría de políticos detesta el libre mercado y aboga por economías altamente intervenidas?

Entre los grupos que suelen criticar la falta de coerción por parte del Estado sobre el libre comercio se encuentran generalmente los partidos de izquierda
Mussolini (Obedece al Estado)

El libre mercado es la pesadilla de todo político o grupo de poder que sueña con manejar la economía a su antojo para poder ejercer un control más férreo sobre la población. Lejos de ser una doctrina política o económica, el libre mercado es sencillamente la voluntad de permitir la cooperación entre seres humanos, sin ningún tipo de impuesto o regulación por parte del Estado. Es decir, el libre mercado consiste en que, si usted hoy planta un árbol de tomates en su casa, y al crecer su cosecha usted desea vender parte de ella a sus vecinos, usted tiene toda la facultad de hacerlo sin que el Estado regule esa venta. Lo contrario al libre mercado es lo que normalmente ocurre en la mayoría de las economías: usted planta el árbol, pero para vender la mercancía a los vecinos usted necesita una licencia del Estado, un registro comercial, cumplir con las regulaciones establecidas para la plantación de árboles de tomate ——de existir—, y luego, para ejecutar la venta, debe pagar impuestos al Estado.

Ahora, ¿qué tiene de malo que una persona decida sembrar tomates y venderlos a sus vecinos? ¿Qué es lo horrendo en todo esto? ¿Por qué se sataniza tanto una actividad licita como esta? Porque según los regímenes colectivistas esto contribuye a la “explotación” y la proliferación de “desigualdades”, además que atenta contra la “justicia social”, entre otras narrativas preconfiguradas por pensadores marxistas.

Entre mayores trabas burocráticas establece un Estado para el comercio, mayor es la corrupción por parte de los funcionarios, y a su vez, mayor es el índice de pobreza y subdesarrollo en dichas naciones, pues las regulaciones tan solo logran entorpecer a los generadores de riqueza y limitar la creación de empleos.

El programa del Banco Mundial, Doing Business, y cito uno de sus últimos estudios: “ha registrado más de 3.800 reformas regulatorias desde que se publicó el primer estudio en 2003. Muchas de esas reformas se implementaron en cuatro áreas medidas por Doing Business: iniciar un negocio, obtener crédito, pagar impuestos y resolver la insolvencia. Uruguay proporciona un ejemplo de los desafíos que enfrentan los empresarios y las empresas, así como de las mejoras resultantes de las reformas. En 2003, se exigía a los empresarios uruguayos que depositaran capital bloqueado en el banco equivalente al 212 % de los ingresos per cápita, por lo que resultaba costoso iniciar un negocio. Pagar impuestos era engorroso para las empresas, con un promedio de 55 pagos que demoraban 304 horas en completarse cada año. Con un acceso limitado al crédito y una baja tasa de recuperación de activos en casos de bancarrota, operar un negocio era un desafío. Gracias a la introducción de los servicios de impuestos en línea, el número de pagos de impuestos se ha reducido en un tercio y el tiempo de pago a la mitad. Con el 100 % de la población adulta cubierta por una oficina de crédito, se ha fortalecido el acceso al crédito…”

En este sentido, los datos del Banco Mundial del año 2019 muestran que entre más días, requisitos y costos tenía una nación para que un ciudadano pudiese formar una empresa, más se entorpecía y arruinaba la economía de dicha nación; y, aquellos países con menos burocracia tenían muchos mejores resultados.

Por ejemplo, en América del Sur, en Argentina se necesitan 12 días para registrar una empresa, 12 requisitos iniciales, y un 5 % aproximadamente del ingreso nacional bruto per cápita para completar el trámite. En el caso de Chile, eran 4 días, 6 requisitos, y apenas el 2,7 %, y pese a que recientemente el país austral eligió al socialista Gabriel Boric como presidente, su economía está en mucho mejor estado que la de Argentina.

En el otro extremo está un país como Venezuela, donde se necesitan en promedio 230 días para registrar una empresa, 20 requisitos diferentes, y el 211 % del ingreso nacional bruto para poder registrar una compañía. En el 2021 Venezuela registró una tasa de pobreza del 94,5 %, según un estudio de la Universidad Católica Andrés Bello.  

Si intentamos extrapolar estas estadísticas a otras regiones del mundo, encontramos que en Canadá se requieren tan solo 2 días, 2 requisitos, y el 0,3 % del ingreso nacional bruto para poder registrar una compañía, y estos números se repiten en gran parte de las economías más desarrolladas del planeta: Estados Unidos, Nueva Zelanda, Noruega, Australia, Dinamarca, entre otros.

Más allá del sistema tributario —que es otro asunto muy importante para analizar—, en términos generales, las economías desarrolladas han simplificado lo mayor posible los trámites burocráticos para permitir el desarrollo del comercio.

La data suministrada refleja la importancia de eliminar la carga burocrática para proyectar y dinamizar las economías. Naciones como Venezuela se arruinan no solo por la exacerbada “redistribución de riquezas”, sino también, por el sistema burocrática creado para favorecer funcionarios y activistas políticos en detrimento de la sociedad, con el fin de extorsionar y cobrar sobornos a los particulares para permitirles trabajar, algo que no solo ralentiza las economías, sino que genera unos enormes incentivos para la corrupción y destrucción de la riqueza.

Es, una vez más, el hombre jugando a ser Dios, ciudadanos necesitando de la autorización divina de los planificadores centrales para poder producir y proveer para su familia; emprendedores limitándose de dinamizar sus ideas y energías por falta de un registro, estampilla o “autorización” de algún funcionario público.

Toda crítica emanada contra el libre mercado se da generalmente por parte de grupos de poder que necesitan de los recursos de los privados para sobrevivir. Sin sus regulaciones, multas, estampillas, permisos y demás, sus razones de existir no tendrían sentido y estarían obligados a mudarse al ámbito privado y encontrar trabajos que les obligaría a ser eficientes para poder recibir una compensación.

Otros grandes grupos que suelen criticar la falta de coerción por parte del Estado sobre el libre comercio entre individuos y empresas son, generalmente los partidos de izquierda, y curiosamente, algunos empresarios que han logrado posicionar sus negocios gracias a contratos públicos que han conseguido por sus relaciones con el Gobierno. Ese tipo de empresarios surgen generalmente de la corrupción y están abiertamente en contra de la competencia, es lo que se conoce como mercantilismo, pues necesitan del favor del Gobierno para poder posicionar sus productos en un mercado controlado.

El momento en el que algún individuo compra un producto, no porque sea el mejor, el más económico, o el que pueda cubrir sus expectativas, sino porque es “el que hay”, se debe generalmente a las intervenciones estatales para favorecer un grupo empresarial y bloquear la competencia; cuando eso ocurre usted como consumidor, no solo está recibiendo un producto más deficiente, menos duradero y a un precio mayor, sino que además, le están coartando su libertad de escoger sin chantajes el destino de su dinero.

Sin libre competencia los “empresarios” parásitos del Estado, no tienen la necesidad de innovar o mejorar sus productos, pues no necesitan satisfacer a los consumidores, sino forzarlos a adquirir su producción al eliminar sus contrincantes, lo que siempre termina perjudicando, no solo al consumidor final, sino también, a toda la economía que se resiente por la falta de competencia. Este tipo de sistema económico y político, además de atentar contra las libertades individuales de los seres humanos, destruye de forma sistemática la meritocracia, pues los miembros de la sociedad se acostumbran a que para triunfar necesitan es contar con la aprobación del político de turno en el poder, y no a mejorar sus conocimientos y destrezas técnicas para generar riquezas; y esto, termina siendo, siempre, a largo plazo, el camino más idóneo para el exacerbamiento de la corrupción y la destrucción de toda sociedad.

Nota del editor. Este texto forma parte del libro de Emmanuel Rincón: El hombre jugando a ser Dios.

Emmanuel Rincon

Emmanuel Rincón es un escritor y abogado con premios literarios internacionales y 8 libros publicados. Es CEO de Informe Orwell y la consultora política Regional Renaissance

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