El colectivismo liberticida que desangra a Occidente

En la mayoría de los Estados modernos los seres humanos deben pagar a los burócratas por absolutamente toda transacción comercial ejecutada
Foro Económico Mundial (Foto: https://www.weforum.org/agenda/2022/05/the-story-of-davos-2022/)

El presidente argentino, Javier Milei, ha brindado hoy un discurso magistral en el Foro Económico Mundial advirtiendo sobre los peligros que enfrenta la civilización Occidental debido a las tendencias liberticidas y colectivistas a las que las nuevas élites políticas nos han sumergido.

Los sobredimensionados Estados modernos buscan atentar cada vez más contra la naturaleza humana y la ciencia, entre los supuestos esfuerzos nobles de su parte se encuentran: eliminar las desigualdades humanas, controlar el clima, fomentar la inclusión de seres humanos que mutilan sus partes genitales, cambiar nuestros hábitos alimenticios, reconfigurar la institución familiar, entre otros.

Ciertamente, todas estas actividades son respaldadas por una narrativa poderosa que apela a los sentimientos humanos, detrás de todas estas causas “nobles” hay siempre todo un aparato político alimentando sus poderes con el propósito de sanear los nuevos problemas existenciales que ellos mismos han creado.

Estos nuevos reyes modernos (los burócratas actuales), que no producen riqueza ni generan un valor agregado a la sociedad, se sientan en sus escritorios a firmar decretos, regulaciones y leyes, con el propósito de saquear recursos a los hombres y mujeres productivos de una sociedad, supuestamente, con la finalidad de resolver los problemas anteriormente descritos, mientras que a sus arcas llueven toneladas de dinero, en parte por los jugosos sueldos que paga el Estado a sus servidores, y otra parte que suele llegar a ellos mediante la corrupción, por parte de los amigos del poder, para que las nuevas normativas les beneficien económicamente a ellos, o les permita saltar las regulaciones previamente establecidas por dichos burócratas.

En la actualidad, en la mayoría de los Estados modernos los seres humanos deben pagar a los burócratas por absolutamente toda transacción comercial ejecutada. Usted va al supermercado y compra un pedazo de carne, y paga un impuesto al Estado para poder alimentarse; usted va al cine a ver una película, y paga al Estado un impuesto para poder divertirse; usted va al gimnasio y deberá pagarle al Estado un impuesto por su suscripción para poder ejercitarse; usted ahorra durante años para comprar una casa, y debe pagarle al Estado el impuesto por la compra de la misma, además, deberá pagarle anualmente un impuesto adicional por “el derecho” al terreno de la misma, y al momento de vender el inmueble —si usted deseara hacerlo—, también deberá pagarle al Estado un impuesto por las ganancias que le ha dejado esa venta, eso sin mencionar que el comprador también deberá pagar un nuevo impuesto a la compra. Y si, por el contrario, usted no quiere venderla, igualmente deberá seguir pagando anualmente su “derecho a frente”, o como sea que le llamen en su legislación, y al momento de fallecer, para que recaiga dicha propiedad en sus descendientes, tendrán que pagar al Estado un nuevo “impuesto a la sucesión”; es decir, incluso al morirse, usted deberá pagarles a los burócratas para que su familia pueda disfrutar del trabajo de toda su vida.

Pero no termina allí: usted trabaja, debe pagarle al Estado por trabajar y recibir ganancias de su esfuerzo; usted gana un premio, debe pagarle al Estado un impuesto por la premiación; usted no trabaja: el Estado decide recompensarlo y brindarle bonos y subsidios quitándole dinero a quienes sí decidieron trabajar. Ya entienden por dónde va todo, ¿no? Castiguemos a quienes producen, beneficiemos a los improductivos, ese es el mensaje intrínseco en las sociedades modernas. Pero, ¿por qué? ¿Cuál es el propósito de todo esto?

Todas las sociedades, las de hace miles de años, y las actuales, se han sustentado gracias al trabajo de los privados, y, sin embargo, a lo largo de la historia ha sido recurrente ese desprecio por parte de los burócratas hacia los productores de riqueza.

Ciertamente en algún momento de nuestra historia los sistemas comunitaristas fueron relativamente eficientes, pues cuando no existían las máquinas y las sociedades eran sumamente primitivas y poco desarrolladas, las tribus podían repartir labores para poder llevar una vida en común; así algunos miembros de dichos clanes se dedicaban a la caza, otros al cultivo, otros a la textilería, y así entre los integrantes de la comunidad trabajaban para suplir las necesidades de la tribu; sin embargo, aún así, durante esos tiempos de comunitarismo, la esperanza de vida era sumamente corta y el hambre y la miseria era la condición natural del ser humano.

Con el crecimiento poblacional de las sociedades, la invención de la economía y los sistemas de intercambio de valor, el comunitarismo comenzó a expandirse y hacerse cada vez más amplio, los hombres comenzaron a intercambiar bienes, alimentos y todo tipo de productos con miembros de otras tribus o clanes, y así de a poco se fue creando el intercambio comercial entre tribus, que después se expandiría a ciudades, y posteriormente a países. Este sistema de intercambio de valores les permitía a los diferentes grupos poblacionales canjear libremente el fruto de sus trabajos con el propósito de favorecerse mutuamente. Así, por ejemplo, si los miembros del clan “A” eran expertos en caza, y los miembros del clan “B” eran buenos agricultores, podían intercambiar recursos y satisfacerse mutuamente, en eso básicamente consiste lo que hoy conocemos como “libre mercado”, o eso que grupos políticos mayoritariamente de corriente izquierdista han denominado de forma despectiva “neoliberalismo”.

En el siglo XVIII la humanidad presenció un fenómeno que todos conocemos como la “revolución industrial”, durante este período se produjo una ola de cambios inmensos que transformaron las relaciones sociales, económicas y políticas del mundo. Las economías de aquel entonces, basadas mayoritariamente en la agricultura, empezaron a transformarse en economías urbanas e industrializadas, lo que se considera como el más grande punto de inflexión en la historia de la humanidad.

A partir de la revolución industrial la renta per cápita de los seres humanos se multiplicó como nunca antes, para el año 1820 apenas el 6 % de toda la población mundial no era considerada pobre, quiere decir que el 94 % de la población vivía en niveles elevados de miseria; un par de siglos después, en el 2015, solo alrededor del 10 % de la población mundial vivía en condiciones de extrema pobreza, un número que continúa decayendo con el paso de los años.

Con la revolución industrial la producción agrícola se multiplicó gracias al empleo de máquinas que facilitaban el trabajo de los hombres; el empleo manual y el uso de animales empezó a ser sustituido con maquinaria que no solo permitía una producción más amplia, sino también, sistemas de transporte más adecuados para mover la mercancía.

La creación de vías férreas, trenes, carreteras y embarcaciones modernas, fruto de la inventiva humana, se convirtió en un canal más apropiado para la práctica del comercio libre entre distintas comunidades, lo que influyó enormemente en que millones de seres humanos derrotaran la pobreza y por primera vez en la historia, la riqueza comenzara a democratizarse y los hombres conocieran el verdadero significado de la palabra libertad, a través de la dignidad que les ofrecía el trabajo.

Ese libre mercado que produjo la aparición de sistemas de intercambio eficientes, que mejoró de manera drástica la esperanza de vida de millones de personas, con el paso de los años comenzaría a ser fustigado y atacado por grupos de poder, activistas, sociólogos, políticos y también, un buen grupo de empresarios y millonarios cercanos a los Gobiernos de turno, con el propósito de secuestrar los mercados y asegurar que solo una élite, o los grupos privilegiados del poder, puedan controlar sus cuotas de participación en diversos rubros de la economía para así eliminar la competencia y sostener monopolios que les favorezcan.

Muchos de estos grupos entonces comenzarían a aliarse o apoyar regímenes colectivistas con la intención de secuestrar los mercados para mantener sus posiciones económicas sin ningún tipo de competencia, desde entonces, empezaron a surgir las ideologías que darían forma al intervencionismo del Estado en la economía, mayoritariamente de las vertientes del marxismo: comunismo y socialismo.

Nota del editor: Parte de este texto forma parte del libro de Emmanuel Rincón: El hombre jugando a ser Dios.

Emmanuel Rincon

Emmanuel Rincón es un escritor y abogado con premios literarios internacionales y 8 libros publicados. Es CEO de Informe Orwell y la consultora política Regional Renaissance

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